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Anecdotario del periodismo I

Posted in Periodismo with tags , , , , , , , on noviembre 10, 2009 by Wallas

             Hace exactamente una semana, unas extrañas e inéditas ganas por poner orden a un closet confuso y sin lógica me atacaron de un segundo a otro. Creo que desde que esta habitación se convirtió en mi refugio, jamás puse orden a ese armario. Libros amontonándose, revistas, fotocopias, juguetes, baratijas y vinilos se acomodaban como el espacio les permitiera. Pero ya no más. Con un dinamismo que ya me quisiera todos los días, puse orden a ese closet que, para mi gusto, quedó bastante armonioso en sólo unos minutos. Muchas cosas que en su momento guardé como valiosas, lamentablemente terminaron en la basura. Un trabajo sucio pero alguien tenía que hacerlo.

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William Randolph Hearst

  Lo urgente de la tarea se debió más que nada a una serie de libros que estaban dando vueltas por varios rincones de mi dormitorio y que era necesario acomodar para por fin tener una biblioteca (bastante timorata comparada con otras que sí son bibliotecas, pero con una muy buena selección, según yo). Así, mezclé viejos títulos como “Mujercitas”, “Oliver Twist” o una selección de Molière, con obras más contemporáneas como “El Libro de los Abrazos”, “La Historia Oculta de la Transición” o “Crónicas Marcianas”. Y para mi regocijo, fueron apareciendo entrañables escritos, que creía olvidados, sobre periodismo y de periodistas: “Memorias de un Reporter”, una selección de enviciantes crónicas de Tito Mundt, Premio Nacional de Periodismo en 1956, un hombre demasiado aventurero (si es que se puede ser demasiado aventurero) que tuvo envidiables tertulias con muchos de los más pulentitos de la historia reciente; también “Crímenes bajo Sospecha”, el trabajo de un queridísimo amigo, que se inmiscuyó en las interrogantes que quedaron dando vueltas en los casos policiales quizás más emblemáticos de la Quinta Región (sí, sí. Crónica roja. ¿Y?); además, un imponente libro con las mejores instantáneas del siglo XX tomadas por la Associated Press, un regalo que otros dos queridísimos amigos me hicieron cuando me entregaron ese cartón al que llaman “título” (“Supongo que, cuando vaya al más allá y me detenga ante la puerta dorada, la primera persona que encuentre será un corresponsal de Associated Press”, dijo alguna vez Gandhi).

            Y entre fotocopias y textos sobre cazadores de noticias, teóricos de la información y filósofos de las comunicaciones, además de trabajos universitarios (para los que saben, apareció “¡Por las barbas de Neptuno!, un clásico), me topé con una anécdota que siempre encendió mi jocosidad, aunque entre líneas mostraba lo crudo que puede llegar a ser la batalla entre los medios y el poco escrupuloso ejercicio del periodismo en tiempos de guerra, contexto en el que a muchos les crecen los colmillos cual jote tras su presa. Además, sus protagonistas fueron unos verdaderos niños taimados, de esos a los que dan ganas de pegarles una buena patada en el culo. Metafóricamente hablando, claro. Y dice:

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Joseph Pulitzer

  Cuando en 1898 estalló la guerra entre Estados Unidos y España por la independencia de Cuba, el New York Journal y el New York World, ambos diarios de las tierras del Tío Sam, se peleaban la supremacía por la circulación en el país. El primero, pertenecía a William Randolph Hearst, el magnate de las comunicaciones en el cual está inspirado “El Ciudadano Kane”, y que se mandó la frasesita “usted provea las fotos, que yo proveeré la guerra” cuando uno de sus fotógrafos apostados en La Habana le escribió diciéndole que era bastante improbable que la guerra se desatara. El segundo, era de Joseph Pulitzer que, hasta donde sé, no se mandó una frasesita como ésa para el bronce, pero su encarnizada lucha con Hearst creó lo que se llama la “Prensa Amarilla”, y para muchos, la guerra hispano-estadounidense fue producto del uso de fuentes fraudulentas y de hechos ficticios de estas dos maravillas. Irónicamente, después de la muerte de Pulitzer se crearon los premios que llevan su nombre para premiar las obras de más alta distinción. ¿Qué tal?

            El asunto es que el Journal sospechaba que el World estaba robando sus noticias. Y no encontraron nada mejor que jugarles una pequeña triquiñuela. Inventaron a un oficial español muerto en un bombardeo de nombre Reflipe W. Theneuz. Y como el diario de Hearst no andaba tan perdido, el World obviamente publicó la noticia. Y afírmate los chitecos: el Journal reveló que Reflipe W. leído al revés era “we pilfer” (o sea, “nosotros hurtamos”) y Theneuz vendría siendo “the news” (“las noticias”). Y cual prepúber con su virilidad puesta en duda, Pulitzer devolvió la mano. El World publicó el nombre de otro fiambre ficticio: Lister A. Raah. Como era lógico, el Journal metió mano y también lo público. ¿Quién era ese loquito? Sólo un anagrama para “Hearst a liar” (“Hearst es un mentiroso”).

           Y entre medio, la credulidad de la gente mientras espera ser informada. Qué bonito, ¿no?