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La sorprendente longevidad del pajarraco

Posted in Un poco de todo with tags , on octubre 5, 2009 by Wallas

 

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            Sin ser un seguidor o gran conocedor del mundo de los cómics, sí tengo mis preferidos, y desde chico: Condorito, Mafalda y Asterix. Bastante diferentes los tres. Este último narra cómo los romanos, en el 50 A.C., son ridiculizados por una pequeña aldea de invencibles galos que gracias a una poción mágica resisten la invasión del imperio. Una saga creada por dos franceses que tiene el peso de una parte importante de la historia universal. Por otro lado, Mafalda es una piba que analiza la situación mundial y de su país, con una lucidez e ironía tenebrosas, que ya todos hubiéramos querido tener de niños. Sus ácidos comentarios se enmarcan en un momento bastante convulsionado en términos políticos y sociales.

            Condorito, por su parte, es un cóndor humano que a través del ingenio se las arregla para subsistir en su condición de provinciano pobre en el ficticio pueblo de Pelotillehue, a quien, a diferencia de Mafalda, poco le importan la situación mundial y los cambios sociales, si no que responde más a situaciones locales pero a la vez universales, como la pobreza, la subsistencia y la amistad. Es además un personaje salido del estereotipo del roto chileno, patrimonio bastante más joven que la cultura desarrollada en siglos que engendró el mundo de Asterix.  Pero igual de atractivo, aunque mucho más sencillo. Y quizás ese es el encanto del pajarraco.

             En la editorial del primer libro editado en 1955, Homero Bascuñan da luces sobre cómo era Condorito por aquellos años: “Se trata del cóndor chileno, ave que goza del alto privilegio de ostentar su arrogante efigie en nuestros blasones, y al que el dibujante Pepo (René Ríos) ha humanizado con su lápiz extraordinario, caracterizando en él al hombre de pueblo, al rotito empeñoso, descachalandrado y aventurero, servicial y bueno como el pan, y tan chilenazo como Usebio Olmos, al que tanto se parece por su carácter, con la diferencia de que el personaje de Juan Manuel Rodríguez era tarambana, maldito y chinchibí, y como papel secante para el litro; y a Condorito todavía Pepo no lo inicia en los ritos báquicos, en los que aquél alcanzara un alto grado”.

            A pesar de esta semblanza más bien inocente del personaje, Condorito sí tuvo su época de puta madre: ha sido borrachín, fumador, jugador, vago y picaflor, a pesar de tener a su eterna novia Yayita. Un verdadero roto chileno. Una especie de Pedro Urdemales. Y ha 60 años de su primera aparición ya es bastante poco lo que queda de aquél pícaro. Hoy, con una internacionalización plena, los chistes y los personajes se han vuelto mucho más neutrales, una baja en la calidad que generalmente trae consigo el crecimiento de los mercados y la producción, o cuando los productos deben adaptarse a otras idiosincrasias y lugares.

Condorito

             Pero, ¿por qué aún me es inevitable abandonar Pelotillehue? Hoy los chistes son fomes, salvo algunas joyitas que de repente aparecen, y otros no terminan de tener sentido. El ¡plop! dejó de ser el remate perfecto para las viñetas. Y de chileno, queda la nada misma, salvo su condición de ave nacional. Incluso los dibujos ahora son de baja calidad, más estáticos y menos dinámicos que antaño, menos elegantes. Aún así, es reconfortante el momento exacto en que aparece el nuevo número en la puerta de mi casa, y es un relajo celestial agotar esas páginas. En su momento, pude vanagloriarme de tener números que eran verdaderas reliquias, encontrados por azar en alguna feria de las pulgas, y que por descuido o por mi falta de concentración, desaparecieron tan sorpresivamente como una botella de San Clota Tres Tiritones en manos de Garganta de Lata.   

            Es un atractivo oculto y esquivo. Quizás es algo que siempre estuvo o que nació en este nuevo contexto. Veamos qué puede ser: un cóndor humanizado pillo e ingenioso, pobre, pero que se las arregla para enamorar a una mujer de caderas anchas y pechugas altivas, y que más encima, siempre se la gana a su mortal enemigo, un peineta musculoso y arribista; un roto que tiene un compadre que siempre lo saca de apuros, sobre todo económicos; que tiene un amigo con cara de huevo, otro con cara de tomate y otro con cara de gato; que tiene un sobrino que es una especie de Bart Simpson provinciano y que debió llamarse Ugenio; que vive en un pueblo que limita con Buenas Peras y Cumpeo, y que además tiene el bar “El Tufo”, al restaurante “El Pollo Farsante”, el hotel “2 se van, 3 llegan”, y la funeraria “Muérase hoy y pague mañana”; que nunca trabaja pero siempre tiene para comer y copetearse, y que a pesar de estar comprometido, no duda en lisonjear a cuanta mujer voluptuosa se le cruza . Me van a perdonar, pero este es un guión de los mil demonios.

           Pero se echan de menos joyas como la “Panamericana”, demencias como los lagartos saliendo de las alcantarillas, ahora reemplazados por platillo voladores que publicitan “Tome Pin Diet”, o que Condorito corte flores del jardín de Yayita para regalárselas. Hoy me es muy difícil recordar algún chiste que haya leído hace poco, lo que no me sucede con las viñetas más clásicas, como la vez en que al verse insultado por un cocodrilo, Condorito le mete la mano por la boca hasta la cola y lo da vuelta. 

            Como sea, Condorito es un astro. Es un fenómeno parecido a lo que pasa con Los Venegas, serie que mientras más fome se pone, pareciera que más se afirma en la parrilla televisiva y más gente la ve. Ya sea por tradición, romanticismo, nostalgia o por arte de magia, aún es imposible vislumbrar cuándo será el día en que Condorito haga ¡plop! Si el ingenio es lo que lo ayuda a quebrarle la mano al destino en cada viñeta, algo de eso debe haber también que impide que la revista muera. Un tipo de ingenio que desconocemos y que nos es tan esquivo como la risa al leerlo tal cuál es hoy.

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