Anecdotario del periodismo I

             Hace exactamente una semana, unas extrañas e inéditas ganas por poner orden a un closet confuso y sin lógica me atacaron de un segundo a otro. Creo que desde que esta habitación se convirtió en mi refugio, jamás puse orden a ese armario. Libros amontonándose, revistas, fotocopias, juguetes, baratijas y vinilos se acomodaban como el espacio les permitiera. Pero ya no más. Con un dinamismo que ya me quisiera todos los días, puse orden a ese closet que, para mi gusto, quedó bastante armonioso en sólo unos minutos. Muchas cosas que en su momento guardé como valiosas, lamentablemente terminaron en la basura. Un trabajo sucio pero alguien tenía que hacerlo.

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William Randolph Hearst

  Lo urgente de la tarea se debió más que nada a una serie de libros que estaban dando vueltas por varios rincones de mi dormitorio y que era necesario acomodar para por fin tener una biblioteca (bastante timorata comparada con otras que sí son bibliotecas, pero con una muy buena selección, según yo). Así, mezclé viejos títulos como “Mujercitas”, “Oliver Twist” o una selección de Molière, con obras más contemporáneas como “El Libro de los Abrazos”, “La Historia Oculta de la Transición” o “Crónicas Marcianas”. Y para mi regocijo, fueron apareciendo entrañables escritos, que creía olvidados, sobre periodismo y de periodistas: “Memorias de un Reporter”, una selección de enviciantes crónicas de Tito Mundt, Premio Nacional de Periodismo en 1956, un hombre demasiado aventurero (si es que se puede ser demasiado aventurero) que tuvo envidiables tertulias con muchos de los más pulentitos de la historia reciente; también “Crímenes bajo Sospecha”, el trabajo de un queridísimo amigo, que se inmiscuyó en las interrogantes que quedaron dando vueltas en los casos policiales quizás más emblemáticos de la Quinta Región (sí, sí. Crónica roja. ¿Y?); además, un imponente libro con las mejores instantáneas del siglo XX tomadas por la Associated Press, un regalo que otros dos queridísimos amigos me hicieron cuando me entregaron ese cartón al que llaman “título” (“Supongo que, cuando vaya al más allá y me detenga ante la puerta dorada, la primera persona que encuentre será un corresponsal de Associated Press”, dijo alguna vez Gandhi).

            Y entre fotocopias y textos sobre cazadores de noticias, teóricos de la información y filósofos de las comunicaciones, además de trabajos universitarios (para los que saben, apareció “¡Por las barbas de Neptuno!, un clásico), me topé con una anécdota que siempre encendió mi jocosidad, aunque entre líneas mostraba lo crudo que puede llegar a ser la batalla entre los medios y el poco escrupuloso ejercicio del periodismo en tiempos de guerra, contexto en el que a muchos les crecen los colmillos cual jote tras su presa. Además, sus protagonistas fueron unos verdaderos niños taimados, de esos a los que dan ganas de pegarles una buena patada en el culo. Metafóricamente hablando, claro. Y dice:

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Joseph Pulitzer

  Cuando en 1898 estalló la guerra entre Estados Unidos y España por la independencia de Cuba, el New York Journal y el New York World, ambos diarios de las tierras del Tío Sam, se peleaban la supremacía por la circulación en el país. El primero, pertenecía a William Randolph Hearst, el magnate de las comunicaciones en el cual está inspirado “El Ciudadano Kane”, y que se mandó la frasesita “usted provea las fotos, que yo proveeré la guerra” cuando uno de sus fotógrafos apostados en La Habana le escribió diciéndole que era bastante improbable que la guerra se desatara. El segundo, era de Joseph Pulitzer que, hasta donde sé, no se mandó una frasesita como ésa para el bronce, pero su encarnizada lucha con Hearst creó lo que se llama la “Prensa Amarilla”, y para muchos, la guerra hispano-estadounidense fue producto del uso de fuentes fraudulentas y de hechos ficticios de estas dos maravillas. Irónicamente, después de la muerte de Pulitzer se crearon los premios que llevan su nombre para premiar las obras de más alta distinción. ¿Qué tal?

            El asunto es que el Journal sospechaba que el World estaba robando sus noticias. Y no encontraron nada mejor que jugarles una pequeña triquiñuela. Inventaron a un oficial español muerto en un bombardeo de nombre Reflipe W. Theneuz. Y como el diario de Hearst no andaba tan perdido, el World obviamente publicó la noticia. Y afírmate los chitecos: el Journal reveló que Reflipe W. leído al revés era “we pilfer” (o sea, “nosotros hurtamos”) y Theneuz vendría siendo “the news” (“las noticias”). Y cual prepúber con su virilidad puesta en duda, Pulitzer devolvió la mano. El World publicó el nombre de otro fiambre ficticio: Lister A. Raah. Como era lógico, el Journal metió mano y también lo público. ¿Quién era ese loquito? Sólo un anagrama para “Hearst a liar” (“Hearst es un mentiroso”).

           Y entre medio, la credulidad de la gente mientras espera ser informada. Qué bonito, ¿no?

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4 comentarios to “Anecdotario del periodismo I”

  1. Sorprendente historia, pero más sorprende aún es que hayas ordenado tu closet!

    Esa anécdota me recuerda una frase muy sabia que decía uno de mis profes favorito de la U, “Si ya no hay nada que inventar, sólo demosle un nuevo uso a lo que ya existe”, en el diseño a eso se le dice “Reciclaje”, en el periodismo podriamos llamarlo “Farándula”.

    Estuvo interesante este post te diré, haber si en algunos años, otro joven periodista, ordenando su closet, se encuentra alguna publicación tuya.

  2. Estimado bazofio, ordenar el armario (el clóset se los dejo a los de “sensibilidad” diferente) es una especie de acto litúrgico. Debe ser por lo espaciado que se hace ese ejercicio en el tiempo y no faltan frases como ohhhh esta weaaaaá!!!!!!!, o tb la antónima ¿¡¿¿pa’ que chucha guardé esta weá????? pero como sea, esa pega se hace con el mismo rictus con que los curas toman el cáliz (eso archivado de los lejanos tiempos en que iba a misa) Es como reconocer que el tiempo ha pasado, y que las cosas han cambiado y que necesariamente de algún modo ya no somos los que fuimos, es como una especie de desfragmentación del disco duro: hay que hacer más espacio porque la vida sigue y están por venir nuevos recuerdos… en fin. Hay que ver cómo antes los periodistas tenían tiempo pa’ hacer títulos con anagramas, me imagino la goooorda que le darían a un humilde reportero tratando de insultar encriptadamente a la competencia. En fin, “Por las barbas de Neptuno” (todo un clásico a todo esto). Mis cordiales saludos.

  3. Con razón Hearst (Di Caprio) terminó meando en botellas, presa de la paranoia, con ese tipo de competencia. De todos modos, por acá hemos tenido episodios muy similares, como el inmortal “El Mercurio Miente” de la FEUC de los ´60. Claro no fue igualmente sutil, pero memorable.

    También me acordé de los titulares de La Razón de Perú, un diario delirante como el que más.

    Y Por las Barbas de Neptuno, cuando dice “no se preocupe, amigo lector”… un clásico inmortal, digno de ser colgado en cualquier pared de Escuela de Periodismo… junto con su autor.

    Un abrazo,

    M.

    • Estimado Malaquías, un gusto recibirlo por estos territorios. Y sí, “Por las barbas de Neptuno” ha logrado convertirse en un clásico, y sinceramente espero que en varios años más, cuando relatemos anécdotas a nuestros retoños en algún asado brindando por tiempos pasados, ya se haya convertido en mito y leyenda. Sólo una observación: Di Caprio (creo que se refiere a la película El Aviador) interpreta a Howard Huges, magnate de la aviación y Hollywood, no a Hearts.
      Un abrazo.

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